Diciendo adiós al pasado

Noveno Paso Reparamos, directamente a cuantos nos fue posible, el daño que les habíamos causado, salvo en aquellos casos en que el hacerlo los perjudicaría a ellos o a otros.
A primera vista el Noveno Paso parece uno de los más sencillos y fáciles de los doce.
En el Octavo Paso el alcohólico había hecho una lista de las personas a quienes había causado algún daño a consecuencia de su inclinación a la bebida. El Noveno Paso, muy lógicamente, pide que se proceda a hacer reparaciones a esas perso­nas como una preparación al inicio de una vida sin alcohol. Pero aquí surge la cuestión acerca de qué se entiende por «reparación». Es decir, ¿qué debe hacer un alcohólico para compensar por el daño causado en el pasado?
Para algunos alcohólicos esto no representa ningún problema. Pero para otros, más originales y menos lógicos, el Noveno Paso es una lista de le­yendas.
Conocimos a un individuo que, durante tres días de juerga, se las arregló para perder diez mil dólares en Las Vegas. Cuando se recuperó de la bo­rrachera no podía recordar dónde había ido a parar el dinero. ¿Lo había gastado, perdido en el juego, se lo habían robado, se lo había dejado en algún restaurante o en la habitación de un hotel, o simplemente lo había tirado por la ventana? No había manera de averiguarlo.
No es la primera vez que esto le sucede a un al­cohólico, ni será la última. Había, sin embargo, un pequeño problema que complicaba esta situación tan especial. El dinero no era suyo.
Los diez mil dólares pertenecían a su jefe y re­presentaban la recaudación de una semana del su­permercado donde éste trabajaba. Debía haberlos ingresado en el banco en su camino de regreso del trabajo a casa.
Cuando volvió en sí, el alcohólico se dio cuenta que no sólo lo despedirían por perder el dinero sino que su jefe podría creer que se lo había robado. Por tanto, tenía que inventar un robo para tener una coartada.
Después de mucho devanarse los sesos ideó un plan.
Primero buscó el aparcamiento donde había
dejado su coche hasta que, para gran alivio suyo, pudo encontrarlo. Podía parecer que no había ido a Las Vegas ya que no existían registros de billetes que pudieran acusarlo. No tenía tarjetas de crédito, por lo que tampoco habría huellas que probaran que había estado en Nevada. Así que todo lo que debía hacer era sobornar al empleado del hotel para que destruyera su ficha de registro, cosa que hizo con diligencia.
Después volvió en su coche a casa. En su garaje encontró un martillo y en el botiquín, un frasco de barbitúricos.
Tomó varias cápsulas ayudándose con un poco de whisky y esperó hasta que comenzó a quedarse dormido. Entonces, un momento antes de que se le cerraran los ojos, reunió todas sus fuerzas y se propinó un fuerte golpe en un lado de la cabeza con el martillo.
Durmió sin interrupción hasta la mañana si­guiente. Luego llamó a la policía y cuando los agentes llegaron les contó la historia siguiente:
-«Salí de trabajar el viernes a eso del mediodía, llevando conmigo el dinero, y tuve tal'mala suerte que me metí en un embotellamiento que no per­mitió llegar al banco a tiempo. Bueno, sabía que mi jefe se pondría furioso y como temía que me despidiera decidí llevar el dinero a casa e ingre­sarlo en el banco el lunes a primera hora.
Guardé el dinero en un cajón de mi escritorio y me fui a dormir. A las tres de la mañana aproximadamente unos ruidos me despertaron. Eran ladro­nes. Traté de alcanzar el teléfono pero dos hom­bres me asieron y me derribaron. La posibilidad de que me mataran me aterrorizaba. Creí que habían venido porque sabían que tenía el dinero y les dije que les diría dónde estaba si no me mataban. Estu­vieron de acuerdo y les dije que el dinero estaba en el cajón. Ahora caigo en la cuenta de que tal vez no sabían nada de los diez mil dólares y yo lo saqué a relucir sin ninguna razón. Pero en ese mo­mento no tenía duda de que era por eso por lo que habían entrado.
»En todo caso, una vez que cogieron el dinero, me encerraron en el garaje y fue en este momento cuando hice lo posible por salir.»
Por más inverosímil que la historia pudiera pa­recer, tanto el agente como el oficial parecieron quedar convencidos. El dinero estaba asegurado, y por lo tanto fue reembolsado, y al alcohólico lo despidieron sin contemplaciones. Como no se for­mularon cargos por robo, el alcohólico esperaba que el episodio acabara ahí.
Cerca de un año después este bebedor ingresó en AA y dejó de beber. Más tarde, mientras hacía este Noveno Paso, se enfrentó con un dilema: ¿De­bería confesar esta peripecia? ¿Tendría que hacer una reparación?
Su padrino le dijo que en un caso como éste, donde ya se había restituido el dinero a la persona que lo había perdido y donde la honradez a rajata-
bla podría disgustar más a su jefe, era mejor olvi­darse. Comprometerse a devolver los diez mil dó­lares podría significar una pena de prisión para el alcohólico y la obligación del jefe de devolver el dinero a la compañía aseguradora.
De este modo el alcohólico decidió olvidarlo. Siguió adelante con los Pasos prometiéndose que si tenía alguna oportunidad de hacer una repara­ción la haría.
Casi un año más tarde recibió un paquete por correo, que contenía una carta y cerca de tres mil quinientos dólares en efectivo. La carta decía:
Estimado señor:
Somos la familia a quien usted ayudó en un momento de penuria con su amable donación, hace algunos años en Las Vegas. Queremos que sepa que nuestro pequeño Bobbie se está recupe­rando. Sin su ayuda no hubiera podido sobrevivir.
Siempre lo recordamos en nuestras oraciones. Queremos devolverle algo del dinero que nos dio; se trata de una cantidad que ahorramos por si Bobbie caía enfermo otra vez. Pero ahora ya no lo necesitamos. Nos dijo que era muy rico y sabe­mos que no lo necesita, pero nos sentiremos mejor si se lo reintegramos.
Muchas gracias y que Dios le bendiga.
Evidentemente el alcohólico había regalado el di­nero en un arranque de samaritanismo y se había olvidado. Cogió los fajos de billetes, los envolvió y los envió a la compañía de seguros que había pa­gado la indemnización a su jefe.
Cuando se hace el Noveno Paso es de gran ayuda recordar la frase: «Salvo en aquellos casos en que el hacerlo los perjudicaría a ellos mismos o a otros.» En otras palabras: «salvo en aquellos casos en que hacer reparaciones hace más daño que be­neficio».
Supongamos que una de las personas a las que debe hacer reparaciones es su ex esposa. Le gusta­ría llamarla y pedirle perdón por lo que ha hecho.
Sin embargo ella se ha vuelto a casar y a usted no se le pasa por alto el hecho de que su llamada podría perturbar esta nueva relación. Tal vez sería mejor olvidarlo. Si saber algo de usted, le puede acarrear a ella más daño que beneficio, usted no debería intentarlo.
El objetivo del Noveno Paso, por tanto, es decir adiós al pasado. Debe actuar de tal modo que se permita dejar de preocuparse por la forma en que solía vivir la vida y consolidar una nueva actitud firmemente centrada en la manera en que ahora vive su vida.
Las «reparaciones» de este paso son un modo de quemar algunos puentes emocionales, aquellos que implican culpa, y también la construcción de nuevos puentes que dependen de la comunica­ción sincera.

Viviendo sin reincidencias

Décimo Paso Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inme­diatamente.
Como el resto de la especie humana, no soporta­mos equivocarnos.
Suavizando la expresión diremos que si el asunto que se discute no es importante, entonces no nos importa admitir que nos hemos equivo­cado.
No es algo que nos guste especialmente, pero tampoco es tan traumático.
Por otra parte si la materia en cuestión es algo muy importante para nosotros, una idea que siem­pre hemos creído perfecta o una opinión muchas veces defendida, no soportamos que sea puesta en duda.
Incluso puede llegar a ser una experiencia de­sagradable y mortificante.
Sin embargo no creemos ser los únicos en ac­tuar de esta manera. Todos nuestros amigos, fami­liares, vecinos, conocidos, y hasta nuestros enemi­gos parecen comportarse de la misma manera.
Como a ninguna de las personas que conoce­mos le gusta equivocarse hemos llegado a creer que esto es parte de la naturaleza humana. Todo el mundo quiere tener razón, nadie quiere creer que está equivocado.
Tristemente, con bastante frecuencia, todos no­sotros lo estamos.
Examinemos la experiencia que tuvimos en el tratamiento de alcohólicos hace algunos años. Por entonces utilizábamos lo que llamábamos técnicas de «la mente serena»: le decíamos al alcohólico que sufría un trastorno de personalidad subya­cente que lo conducía a la bebida, trastorno que debía ser el verdadero objetivo del tratamiento. La parte física del alcoholismo, pensábamos, acababa cuando el paciente dejaba de sentirse perturbado. La adicción importante era psicológica. Después de todo, ¿no era esa la causa por la cual el paciente había comenzado a beber?
Un día, mientras poníamos en práctica estas ideas, un paciente nos mostró una monografía de James Milam. Este ensayo bastante árido -e im­preso en el más horrible papel anaranjado que se pueda haber visto- desafiaba, en términos inequí-
vocos, cada una de nuestras creencias sobre alco­holismo.
En vez de ser una consecuencia de un trastorno de personalidad, el alcoholismo, según Milam, era en conjunto el resultado de una adaptación física. Era hereditario, sostenía Milam, y los diversos pro­blemas psicosociales que constituían el objetivo del tratamiento, tal como nosotros lo considerába­mos, eran el resultado y no la causa de la enferme­dad.
En lugar de representar defectos de personali­dad permanentes que acosan al alcohólico durante toda su vida, estos problemas psicológicos pueden resolverse con el tiempo si el alcohólico deja la bebida.
Todo esto era revolucionario. Por esta razón comprobamos todos los datos aportados por Milam y descubrimos que, en efecto, el alcoho­lismo era eso que él afirmaba que era: una enfer­medad fisiológica crónica.
Naturalmente, hubo largas discusiones entre los investigadores, pero esto no nos preocupó. Un científico amigo nuestro define humorísticamente la investigación en ciencias naturales como «conje­turas seguidas de debate».
Para nosotros, sin embargo, el asunto estaba claro: el alcoholismo no parecía ser una enfer­medad mental. Tampoco parecía representar un trastorno de la personalidad, ni tampoco era una reacción al estrés que podía provocar cualquier situación, ni un intento de poner remedio a un problema emocional subyacente.
Esto nos puso en un compromiso porque prác­ticamente todos los tratamientos que usábamos es­taban basados en esas suposiciones que ahora, según se demostraba, eran incorrectas.
Nuestra desazón era evidente. Habíamos tra­tado gran cantidad de alcohólicos en los últimos años, enviándolos a AA, ayudándolos a alcanzar la sobriedad. Habíamos efectuado algunos cambios importantes en nuestros métodos a lo largo del tiempo, pero no de esta envergadura.
Supogamos que hubiéramos seguido ense­ñando lo que siempre habíamos enseñado. ¿Acaso no dejaban de beber los pacientes? ¿Por qué pasar por todo el trance de cambiar nuestros métodos? No vimos que ninguno de los otros «expertos» cambiara el suyo. ¿Quién se daría cuenta de la di­ferencia? La respuesta era clara: nosotros.
Podíamos seguir haciendo lo que hacíamos. O podíamos admitir que nos habíamos equivocado, hacer una larga y profunda autocrítica y cambiar.
Fue lo que decidimos hacer. En este caso nues­tro orgullo por la calidad de nuestro trabajo era mayor que la necesidad de tener razón.
Fue muy duro al comienzo. Recordemos que todo lo que habíamos hecho se basaba en suposi­ciones anticuadas. Esto significaba que nuestros pacientes y sus familiares podían señalar errores en lo que en ese momento hacíamos.
Alguien de nuestro equipo recuerda un día en que estaba dando una charla a un grupo sobre la importancia del crecimiento emocional para llegar a ser una persona autorrealizada. Uno de los alco­hólicos de la audiencia le pidió que le dijera clara­mente qué tenía que ver todo eso con el hecho de dejar de beber. .
Lo explicó en términos comprensibles para el alcohólico pero a la vez pensaba para sí: «Bueno, ésta es realmente una buena pregunta. ¿Qué tiene efectivamente que ver esto con el abandono de la bebida?»
Evidentemente se trataba de otra suposición.
Lentamente, a través de un proceso con mu­chas equivocaciones, dándonos cuenta de todo esto y efectuando cambios, perfeccionamos un programa de tratamiento que seguía basándose en los Pasos de AA, pero que también era conse­cuente con nuestra nueva manera de ver el alcoho­lismo como una enfermedad. Esto no sucedió de un día para el otro. Nuestro nuevo programa sur­gió de un examen constante de nosotros mismos y de nuestros métodos a través de los años.
A veces efectuábamos algún cambio en el pro­grama que creíamos sería de utilidad, y luego des­cubríamos que no era así. Entonces debíamos ad­mitir que nos habíamos equivocado y teníamos que comenzar desde el principio.
A veces debíamos tragarnos nuestro orgullo, admitir que sencillamente no sabíamos resolver un problema concreto y pedir a alguien que nos enseñara lo que él había hecho para luego poder imitarlo.
De todos los errores cometidos y corregidos surgió lo que creemos es un programa de trata­miento consistente, efectivo, útil, y sobre todo práctico. Estamos satisfechos y pensamos dejarlo tal como está. Es decir, hasta que encontremos otro error.
Por si todavía no lo ha comprendido, lo que acaba­mos de describir representa una muestra del Dé­cimo Paso.
Identificamos un error en nuestros métodos, uno muy importante, según se demostró después. Nos tragamos nuestro orgullo, nuestro deseo de tener siempre razón y comenzamos a revisar nues­tros métodos.
Esto se debía hacer cada día. No había manera de que pudiéramos prever los cambios que ten­dríamos que hacer antes de que el programa se pusiera en funcionamiento. Teníamos que ser fle­xibles. Si hubiéramos insistido en hacer sólo aque­llas pocas cosas que habíamos planeado al princi­pio, la adopción de una nueva actitud y de un nuevo sistema terapéutico hubiera resultado un completo fracaso. Debíamos contar con un mé­todo para efectuar cambios a medida que avanzá­bamos.
Este es el espíritu del Décimo Paso. El Pro­grama se va solidificando y mejorando a través de un autoexamen ininterrumpido. De esta manera se puede vencer al peor enemigo de la recuperación: la propia necesidad, natural y humana de tener razón.
El Programa de recuperación puede cambiar a medida que usted cambie, digamos que puede ad­quirir vida, como usted mismo.
Tomándose el tiempo necesario para observar lo que hace cada día, puede hallar las soluciones a problemas que nunca podría haber identificado mientras se encontraba en el Cuarto Paso.

Transitando por el sendero

Undécimo Paso Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nues­tro contacto consciente con Dios, tal como nosotros lo entendemos, pidién­dole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para aceptarla.
Cuando se le pregunta a un alcohólico activo qué es lo que no funciona en su vida, busca la res­puesta fuera de sí mismo.
No obtiene los ascensos que desea en su tra­bajo, su mujer es una regañosa, sus hijos se han convertido en delincuentes, el dinero no alcanza para nada, su casa es muy pequeña.
Cuando se le pregunta qué cree él que podría mejorar su calidad de vida, una vez más propone cambios externos.

Transitando por el sendero

Tal vez debería divorciarse, encontrar una mujer que realmente lo comprendiera, cambiar de trabajo, mudarse a otro barrio.
Este hábito persistente de la externalización es una venda que le impide ver su propia relación con el alcohol.
La bebida, desde su punto de vista, es la medi­cina que hace tolerable un medio externo insopor­table. Sin alcohol, no podría arreglárselas para vivir.
Bebe tanto, según cree, porque su vida es muy difícil.
La recuperación supone, para muchos alcohóli­cos, un cambio total de esta actitud. En vez de bus­car la raíz de sus problemas fuera de sí mismos, aprenden a observar su propio comportamiento, sus propias actitudes. Y en vez de tratar de encon­trar soluciones en los cambios superficiales del medio, se pide a los alcohólicos en recuperación que busquen auxilio a través de su comunicación con un Poder Superior.
Al principio, pedir a un alcohólico que con­temple su interior es como pedir peras al olmo. Puede hacerlo, pero sólo durante breves instantes.
Sin embargo, según el tiempo pasa, esta tarea, por varias razones, es cada vez más fácil.
Primero, la mente del alcohólico comienza a ser más clara. Todos los procesos de pensamiento, entendimiento y control emocional mejoran, solamente porque ya no se los somete a la agresión del alcohol.
Segundo, la abstinencia interrumpe la afluen­cia de muchos de los problemas psicosociales que causa la bebida. Ahora es más fácil hacer frente al último arresto por conducir borracho porque ya no habrá otros. Los problemas dejan de acumu­larse.
Tercero, la realidad, por más duro que le re­sulte al alcohólico creerlo, es que una gran parte de su insatisfacción con la vida era el producto de la propia actitud del alcohólico. En realidad la vida nunca fue tan horrible excepto cuando la bebida la transformó en eso.
Conocimos a una mujer que nos contó su expe­riencia con su padrino de AA. Siempre que le ex­plicaba un problema, obtenía la misma e¿invaria­ble respuesta.
-Es una verdad como un templo -le decía- que la solución de todos nuestros problemas reside dentro de nosotros.
Eso era todo lo que le decía, sin explicaciones ni discusión.
-Espere un momento -gemía nuestra amiga-. He pasado por un fracaso matrimonial, mi jefe me acosa; lo que necesito son consejos prácticos y no sabiduría oriental. Dígame qué debo hacer para solucionar estos problemas.

Transitando por el sendero

Como toda respuesta, él solía sonreír con bene­volencia.
-És una verdad como un templo... -comenzaba otra vez.
-Ya lo sé, ya lo sé -contestaba nuestra amiga-. Bah, déjelo correr.
Al cabo de unos cinco años, jalonados por mu­chos problemas a los que seguía el mismo con­sejo, nuestra amiga experimentó finalmente el destello de la iluminación.
Había estado tratando de resolver varios pro­blemas a través de un método habitual, que siem­pre le suponía muchísimas preocupaciones y la manipulación de personas y situaciones, cuando se le ocurrió. «Un momento», se dijo, «yo ya sabía lo que tenía que hacer desde el principio. ¿Por qué no seguí adelante y lo hice? ¿Por qué primero me tuve que meter en todo este lío?»
Luego un segundo destello la alumbró.
Puede que éste sea mi problema, pensó. Siem­pre hago una montaña de un grano de arena. No me tomo las cosas como son, siempre me las com­pongo para llevarme mal con la gente.
Tal vez, continuaba, por eso me siento tan insa­tisfecha con mi vida. Tal vez yo soy el problema, es decir, mis expectativas, mi manera de tomar las cosas, y no la vida.
Comenzó a actuar con este descubrimiento como guía, como si la solución de sus problemas residiera dentro de ella. Y, efectivamente, pudo resolver muchos de esta manera. Sabía que esto era así porque su vida comenzó a mejorar enseguida.
Parecía el final de una larga guerra entre la al­cohólica y su propia vida.
Esto ilustra un tema importante del Undécimo Paso. La respuesta, si se quiere, a los problemas de la alcohólica estuvo siempre delante de sus ojos. Por eso su padrino insistía en repetirla una y otra vez, de la manera más simple posible, cada vez que la alcohólica le explicaba un problema.
En el Undécimo Paso, se aconseja al alcohólico en recuperación buscar a través de la oración y la meditación un contacto consciente con su Poder Superior. Esto se debe a que el recién descubierto PS no puede ayudarlo a menos que usted se ponga a su disposición.
Esto supone un tipo de escucha activa, a la cual, según indica el Paso, se llega mejor a través de la oración y la meditación.
Para muchos alcohólicos el Undécimo Paso también trae consigo otro aspecto de la recupera­ción largamente abandonado: la mejora de la cali­dad de vida. Esto no se refiere en general a ganar más dinero, conseguir una pareja más atractiva, o cualquier mejora de esa clase. Significa hacer aquellas cosas que hacen la vida más valiosa y sa­tisfactoria para usted.
Cosas como ser de utilidad para otras personas.
O sentirse en plena forma.
O aprender cosas nuevas.
Recuerde que es la calidad lo que cuenta, no la cantidad. No importa cuánto se posee sino qué sa­tisfacciones le aporta.
Las razones son evidentes: si su vida es satisfac­toria para usted, y ha aprendido a sentirse satisfe­cho consigo mismo, tanto como con aquellos que le rodean, sus posibilidades de reincidir son me­nores.
No nos olvidemos: es una verdad como un tem­plo que las soluciones de muchos problemas resi­den dentro de nosotros.

El mensaje

Duodécimo Paso Habiendo experimen­tado un despertar espiritual como resul­tado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a los alcohólicos y de practicar estos principios en todos nuestros actos.
En AA se cuenta el caso del recién llegado que se acerca a su padrino para pedirle que le ayude a comprender el Duodécimo Paso.
-Entiendo la parte que habla de llevar el men­saje y practicar los principios -explicó el recién lle­gado-. Pero no estoy muy convencido de haber ex­perimentado un «despertar espiritual», es decir, eso suena como que Dios te habla o que se te aparece un signo celestial, y nada de eso me ha pasado.
-Mire -le dijo su padrino-. Hace seis meses su vida era un completo desastre, ¿verdad?
-Verdad -concedió el recién llegado.
-Y usted estuvo a punto de perder su empleo, su mujer había visitado un abogado, y el juez es­taba por sentenciarlo a noventa días por conducir en estado de ebriedad, ¿verdad?
-Sí, todo eso es cierto -dijo el recién llegado.
-Y luego usted ingresó en AA -continuó el pa­drino-, dejó de beber y todas esas dificultades co­mienzan a solucionarse, ¿verdad?
-Claro que sí.
-Pues bien -dijo el padrino-. Para un bebedor como usted, eso es un despertar espiritual.
Observemos lo que sucede en la vida de un alco­hólico que llega finalmente a la etapa que llama­mos de la «sobriedad».
Ahora
Normalmente ebrio A menudo enfermo Enfadado, agresivo, deprimido Escaso discernimiento Muchos conflictos personales Quiere que los demás
cambien Casi nunca contento
Clínicamente en peligro
Antes
Sobrio Normalmente bien
Más tranquilo, menos defensivo Decisiones juiciosas Se lleva mejor con los demás
Procura cambiar él A veces francamente feliz
Recupera su salud

El mensaje

Bien, tal vez lo que hemos descrito no consta tuye una seftal de Dios pero sin duda debe de tener algo que ver Ion ella.
La dificultad de tratar el alcoholismo, como otras enfermedades crónicas o incurables, no re­side tanto en comenzar la recuperación sino en mantenerla. El Duodécimo Paso sugiere que la mejor manera de aprender es enseñar.
¿Y quién mejor para aprender que otros que sufre esta misma enfermedad? ¿Quién sino ellos se pueden beneficiar de la experiencia y conoci­miento que usted les puede aportar? No fue sino de este jpnodo en que la idea de fllevar el mensaje» nació y se transformó en parte de la estructura de AA.
Algunos cronistas de AA creen que la mayor contribución de Bill Wilson al nacimiento de AA fue su comprensión de que si un alcohólico dedi­caba tiempo y energía para ayudaría otro a dejar la bebida, luego ese «ayudante» podría dominar la si­tuación aún si el «ayudado» se emborrachaba, ya que él mismo había sido capaz de hacerlo pasando un día más sin probar alcohol. Se trata de una sim­ple y profunda intuici&n.
Llevando a otros el mensaje de sobriedad, el al­cohólico también se lo lleva a sí mismo.
En cuanto a esto, el Dudécimo Paso está curio­samente ligado al Primero. Al ofrecer su ayuda al alcohólico sufriente, el miembro de AA se enfrenta con sus propias experiencias pasadas de impotencia y debilidad, y debe recordar las dolorosas cir­cunstancias que lo llevaron a AA.
Esta es una experiencia crítica ya que es muy humano olvidar una experiencia desagradable tan pronto como se puede.
Imagínese como paciente en una sala de des­habituación al alcohol en un hospital. Padece unos temblores tan intensos que no puede sostener una taza de café. Cree que su estómago dará un brinco hasta la garganta y cada músculo del cuerpo le atormenta. Casi no es capaz de ir por sus propios pies al lavabo.
En medio de este sufrimiento se hace una pro­mesa. «Jamás olvidaré esto, jura. Jamás olvidaré lo mal que me siento. Si alguna vez siento la tenta­ción de beber, este recuerdo me detendrá.»
Al cabo de tres meses, ya repuesto, se sienta en un bar acompañado de un amigo y reflexiona sobre la copa que acaba de pedir.
-¿No será mejor que no la bebas? -le pregunta su amigo-. Recuerda lo que dijiste cuando te die­ron de alta en el hospital.
-Ya lo sé -responde-. Pero no he bebido du­rante bastante tiempo y ya no estoy tan enfermo. Además tampoco estaba tan mal y el alcohol no me dominaba.
Pasan tres meses más y a pesar de todos sus es­fuerzos, está otra vez en el hospital haciéndose la misma promesa.
Esta es la paradoja del alcoholismo, y también de las enfermedades crónicas como las cardíacas, la diabetes y el enfisema.
Cuando está bajo control, el alcohólico ha de­jado de beber, el diabético utiliza la insulina, el enfisémico respira con facilidad, es difícil recordar lo mal que uno lo pasaba cuando no estaba en tra­tamiento.
El Programa de los Doce Pasos prevé esta posi­bilidad sugiriéndole que recuerde la gravedad de su dolencia a través del sencillo procedimiento de recordársela a otros.
En realidad la parte más positiva de los Doce Pasos se encuentra en las últimas palabras del Paso final.
Estas son: «...y de practicar estos principios en todos nuestros actos».
Resumiendo, utilizar las ideas expuestas en los Pasos no sólo con relaciónal alcoholismo sino con relaciófi a todo lo que se haga.
Esto refleja el verdadero origen del Programa de Pasos de AA el cual fue adaptado del Oxford Movement. Este era un grupo de personas de todas las esferas sociales que un día decidieron vivir de una manera más saludable y satisfactoria.
No estaban motivados por los estragos que causa el alcohol sino que sólo se propusieron ser mejores personas.
Evidentemente los Pasos pueden ser emplea
dos en casi todos los aspectos de la vida obser­vando los conceptos que subyacen en cada Paso.
Sabemos de algunos psicólogos que llamarían a esto proyecto de salud mental.
Por lo tanto es útil recordar que los Pasos no se proponen sólo ayudarlo a abandonar la bebida. También lo pueden ayudar a vivir sin la bebida, algo que algunas personas no comprenden.
Un psicoanalista que conocemos nos envió un paciente a nuestra consulta. Esta persona había es­tado en terapia durante cinco años, y había dejado de beber hacía un año por las razones habituales, amenaza de divorcio, pérdida de empleo y cosas semejantes. Acudió a AA durante tres meses, ape­nas dejó de beber pero dejó de asistir tan pronto como dejó de sentirse ansioso por el alcohol. De­safortunadamente un sentimiento casi constante de frustración e insatisfacción con la vida, y espe­cialmente con su propio lugar en ella, no le aban­donaba.
Le sugerimos que volviera a AA.
-¿Para qué? -respondió-. He dejado de beber. ¿Qué sentido tiene ir a AA si no bebo?
-¿Pudo reparar en la cantidad de gente que asiste a esas reuniones? -le preguntamos.
-Claro que sí -nos dijo.
-¿Bebía alguno de ellos?
-No -admitió.
-Entonces, ¿por qué cree que acuden a las reu­niones?
Le dejamos reflexionando sobre esto.
A pesar de que hay muchos alcohólicos que ingre­san en AA y se recuperan, todavía existe una ten­dencia entre algunos observadores de fijarse sólo en aquellos que fracasan en la recuperación.
Es este fenómeno, en combinación con el con­cepto erróneo de que el alcoholismo por alguna razón no es una enfermedad, el que ha estigmati­zado injustamente al alcohólico entre otras vícti­mas de enfermedades crónicas.
El hecho es que desde un punto de vista clí­nico, el alcoholismo no es más difícil de tratar que la diabetes, el enfisema, o las enfermedades car­díacas, y la proporción de recaídas entre alcohóli­cos puede ser en realidad más baja que entre los pacientes de esas otras enfermedades.
Creemos que algún día veremos los principios y la estructura de AA, incluyendo el Programa de los Doce Pasos, adaptados al tratamiento de tales enfermedades. Nuestro criterio es que una rela­ción de autoayuda para enfermos cardíacos podría ser de gran utilidad no sólo a esos pacientes sino también a los médicos que los atienden.
La dificultad con la que se enfrenta la medicina es muy clara y es tan antigua como el mundo. Cuando no podemos curar una enfermedad, nues­tra única esperanza reside en enseñar al paciente a vivir lo mejor que pueda con ella.
El término médico que designa esto es «cola­boración del paciente», como se podría encontrar en la frase «el pronóstico es bastante bueno, de­pendiendo de la colaboración del paciente con el tratamiento».
Este es el aspecto médico de enfermedades crónicas sobre el que no tenemos ningún control.
Sí, el medicamento ayudará, si el paciente lo toma.
Sí, la gimnasia facilitará la respiración, si el pa­ciente la pone en práctica.
Sí, la disminución del estrés y los ejercicios ha­bituales reducirán las posibilidades de nuevo ata­que cardíaco, siempre y cuando el paciente no re­tome sus actividades anteriores.
En el pasado los médicos podían hacer muy poco más que dar algunos consejos a sus pacientes sobre lo que debían hacer y prevenirlos contra las consecuencias si no seguían sus instrucciones.
A veces esto funciona, pero lo cierto es que muy a menudo no tiene ningún efecto. Esta es la causa por la cual muchas personas sufren otro ata­que cardíaco. Esta es la causa por la cual muchos alcohólicos vuelven a la bebida.
Si nos dejan hacer lo que queremos, nos incli­naremos a hacer aquello que siempre hemos hecho.
Es casi como si existiera una especie de «dejar­nos hacer> que lucha contra nosotros cuando de­bemos cambiar. Es como si esta inercia nos empu­jara en la misma dirección que la que habíamos estado siguiendo, incluso si en eso se nos fuera la vida.
AA descubrió que aquello que los alcohólicos no podían hacer por ellos mismos, podían hacerlo si trabajaban juntos. Una enfermedad que se resis­tía a todos los esfuerzos individuales podía ser controlada dentro de un contexto de camaradería y con un sencillo programa de recuperación.
Y eso funcionó y creció hasta llegar a ser lo que conocemos como los Doce Pasos.
Y esto, más que cualquier cosa, es el regalo de AA a la humanidad.